El Bosque de la Bruma Verde

Lía

Lía miraba por la ventana de su habitación, en el segundo piso de la casa de la abuela. Se subió un poco las gafas empujando el puente con un dedo y observó con atención: ahí estaban otra vez. Los puntitos de luz seguían entrando en el bosque de uno en uno. Parecía una caravana de coches, pero en diminuto. Seguro que eso no era normal.

   No es que ella entendiera de bichos: se había criado en una gran ciudad y llevaba solo un par de semanas viviendo en el pueblo. Después del divorcio, su madre decidió volver allí. Necesitaba poner tierra de por medio y, además, tenían que ahorrar. Y la casa de la abuela siempre estaba disponible. Ella se mudó a la del abuelo cuando se casaron, pero mantenía la casa de su familia como los chorros del oro. Para emergencias, decía. Bueno, esto casi lo era. Su madre intentaba convencerla de que sería algo temporal, solo hasta que encontrara un trabajo y levantaran cabeza. Eso esperaba. A Lía le gustaba el pueblo, pero para pasar unos días en verano. No se veía viviendo allí. Todo era demasiado pequeño y aburrido. No había nada que le llamara la atención. 

   Excepto ese bosque. Empezaba justo detrás de su casa. La abuela decía que estaba encantado. Cuando era pequeña, Lía creía en la magia. Creció esperando que le llegara la carta de ingreso en Hogwarts, soñando con poder comprarse una varita mágica. En vez de eso, lo que le llegó fue la madurez de golpe en forma de bofetada de su padre. Dejó de creer, pero no de evadirse de un mundo que no le aportaba gran cosa. Era mucho mejor vivir entre las páginas de los libros que devoraba que escuchando las constantes discusiones de sus padres.

   Y ahora estaba allí, asomada a la ventana, viendo cómo las luciérnagas se adentraban en el bosque. En fila india. Había perdido la cuenta ya: cientos de puntitos que titilaban en la noche y que desaparecían entre la espesura. Y ese murmullo… Al principio pensaba que era el ruido del aire en las hojas de los árboles. Pero al fijarse un poco más vio que no se movía ni una brizna de hierba. No, no era el aire. Era un susurro. Venía del bosque. No distinguía lo que decía, pero le hablaba a ella. No podría decir cómo, pero lo sabía. Estaba segura. Igual sí que estaba encantado, después de todo. 

   Por fin, no pudo aguantar más la curiosidad. Se puso la sudadera azul y los vaqueros que había dejado tirados encima de la cama y las deportivas viejas. Se guardó el móvil en el bolsillo trasero del pantalón y bajó las escaleras. Como de costumbre, trastabilló en el último escalón, el que estaba un poco hundido, pero esta vez evitó la caída por los pelos.

—¡Mamá! ¡Voy a dar una vuelta!

—De acuerdo, pero no tardes. Enseguida cenamos.

   Otra de las cosas que no le gustaba del pueblo: los horarios. Allí se comía y se cenaba unas dos horas antes de lo que solía hacerlo en la ciudad. Parecía que se habían mudado al norte de Europa en vez de al norte de España. Bueno, tampoco sería la primera vez que se saltaba la cena. Cogió las llaves del aparador de la entrada y salió corriendo al jardín. Miró a su alrededor: no había nadie en los prados que circundaban la casa de la abuela. A esas horas, cuando el sol empezaba a ocultarse, todo el mundo se refugiaba bajo techo. Era increíble lo supersticiosos que eran en aquella zona: evitaban con ahínco que el atardecer les sorprendiera en los campos. Lía nunca había entendido bien el motivo, creía que tenía algo que ver con la luz que muere, se lo había explicado una vez su abuela. 

Dio la vuelta a la casa y se acercó a los primeros árboles. Ahí estaba, ahora más alto: ese susurro, esa llamada. No se lo pensó: se subió la cremallera de la sudadera y comenzó a internarse en el bosque. Los castaños se alzaban a su alrededor, imponentes, con sus troncos gruesos y sus altas ramas cuajadas de hojas. A medida que avanzaba, las copas de los árboles se iban cerrando sobre su cabeza, impidiendo el paso de la poca luz que le quedaba al día. Temiendo tropezar con alguna raíz, Lía encendió la linterna del móvil para ver donde pisaba. Continuó adentrándose en la espesura. El ambiente se volvió más fresco. La humedad se condensaba en forma de neblina que flotaba a unos centímetros del suelo. Cuanto más avanzaba, más espesa y alta se volvía la bruma y más parecía calarle los huesos.

   De pronto, el móvil se apagó. La oscuridad la engulló. Lía se lo acercó a la cara, pero no veía nada. Intentó encenderlo de nuevo, sin éxito. Paralizada, trató de decidir si continuar en busca del origen del susurro, que le llegaba cada vez con mayor fuerza, o si volver a la seguridad de su casa. Iba a dar media vuelta cuando una vocecilla la increpó desde el suelo:

—¿Quién eres tú y qué haces en nuestro bosque?

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