Relato

Llanto

Me ahogo. Me cuesta trabajo respirar. El nudo de mi garganta se hace cada vez más grande, se atasca en la tráquea y lucha por salir.

Cuando estamos con otras personas intento contenerme, pero ahora estamos solos tú y yo. No puedo evitarlo. El nudo explota, y lloro. Lloro, lloro, lloro. Y tú lloras también, con ese llanto desgarrador que me perfora los tímpanos y me martillea el cerebro. Y te grito, te digo que te odio, te mando a tomar por culo y otras barbaridades. Te miro a los ojos. Y enseguida me arrepiento. Al fin y al cabo, que tú estés aquí fue mi decisión. Me siento culpable por todo lo que te he dicho, y la culpa me hace llorar otra vez.

De vez en cuando lanzo pequeños mensajes de auxilio, pero casi nadie responde. La otra vez fue distinto. La otra vez todos se desvivían por preguntarme qué tal estaba o si necesitaba algo. Casi cada día recibía algún mensaje de apoyo. Pero esta vez no es así. Supongo que como es la segunda vez, dan por sentado que ya sabía dónde me estaba metiendo. Las pocas veces que recibo alguna respuesta, tengo que conformarme con un «pobrecita, ánimo». Y eso no me vale de nada. Necesito ayuda. Pero no la tengo. Estoy sola. Estamos solos.

Y de repente, me sonríes. Primero esa media sonrisa que empieza a dársete tan bien. Luego la sonrisa abierta que tan pocas veces enseñas. Y me derrito. Aún con lágrimas en los ojos, te doy un beso. Olvido todo lo mal que me lo estás haciendo pasar. Porque en el fondo te quiero más que a nada. Porque eres mi hijo.

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